miércoles, 6 de junio de 2012

El granizado embarcador (Crónica)

Era una hermosa mañana de un 15 de Setiembre, el blanco, azul y rojo coloreaban el paisaje y el boom-boom de los tambores amenizaban la fiesta patria.


Yo cursaba el noveno año en el colegio Redentorista de Alajuela y como era costumbre ese día se realizaba un acto cívico para celebrar nuestro montón de años de independencia y los "grandes" de quinto hacían ventas de comidas típicas con el fin de recolectar fondos para poder comprar todo el guaro que se iban a tomar en las serenatas.


Como esos actos se vuelven tan aburridos pasé a comprarme un delicioso granizado con dos leches para por lo menos tener algo que hacer y soportar la interminable hora que duraban esas actividades antes de irnos a los esperados desfiles. Me dirigí al gimnasio con mi grupillo de amigas para escoger el mejor lugar, aunque decían que era prohibido entrar con comida, pero que importa era solo un granizado.


 Apenas entramos puse mi mirada en dirección a Francisco, el amor de mi vida, el chico con el que soñaba todas las noches y por el que sentía un bichero en la panza cada vez que lo veía, el único hombre por el que mi corazón se quería salir de mi cuerpo para besar su boca; agarré un caminado provocativo (según yo), lo saludé de lejos y me senté con mis amigas al puro frente de escenario.


Habían pasado como dos actos cuando de repente el director tomó el micrófono y dijo con voz prepotente: 
 -¡Por favor, la muchacha que se está comiendo el granizado haga el favor de salir del gimnasio y comérselo afuera!- 

Yo en mis adentros pensaba: 
 -¡¡Dios no puede ser conmigo!!

 Y seguí sentada como si nada estuviera pasando. 


El director volvió a gritar con voz fuerte: 
 -Sí muchacha usted, salga del gimnasio y termina afuera-

Me levanté como la persona más avergonzada de este mundo, agarré mi bolso y comencé a caminar hacia la salida mientras el gimnasio entero me chiflaba, aplaudía, silbaba, gritaba y todo lo que se puedan imaginar.

Sentía que mi cabeza iba a explotar de lo roja que estaba, mis orejas calientes como el sol que hacía afuera y al mismo tiempo sudaba frío de la congoja, solo pensaba en el ridículo y en la pena de volver a ver a Francisco que fijo pensaba en lo estúpida que era porque me habían echado del gimnasio. El camino a la salida se hizo eterno quería que me tragara la tierra, solo miraba hacia el suelo porque no me atrevía a enfrentar a todo el colegio que se reía de mi desgracia.


Finalmente logré salir, tiré el granizado al basurero de la cólera y me senté en una gradita a esperar que pasaba sentía que mi vida en el colegio había acabado y que iba a ser el hazme reír de todos por siempre.


Terminó el acto y la gente comenzó a salir, yo seguía sentada en la gradita cuando de repente sentí que alguien me tocó en la cabeza ¡ERA FRANCISCO! y me dijo con la voz más hermosa que haya escuchado: 

-¡Hey que vas a hacer ahora, no querés ir por un granizado!!!









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